setiembre 04, 2006

ARGENTINA: LA SOJIZACIÓN ENCIERRA GRAVES PROBLEMAS AMBIENTALES, SOCIALES Y ECONÓMICOS

Por Alberto Lapolla*



El cultivo de soja transgénica forrajera ocupa ya el 60% de nuestra producción de granos y casi igual porcentaje de la superficie sembrada. Lejos de ser un hecho saludable, constituye un verdadero problema en expansión para la economía nacional y la protección de nuestro ecosistema agrícola, así como también para la vida misma de nuestros habitantes. Nuestro país es parte de los 19 países que permiten el cultivo de variedades transgénicas o modificadas genéticamente (OGM). Es también uno de los 5 que lo permiten a gran escala. Más aun, la Argentina es el primer país del mundo en cuanto a porcentaje de expansión de los OGM respecto del total de su producción. El 99% de la soja sembrada en nuestro país es sojaRR, es decir OGM, para hacerla resistente al herbicida glifosato. Siendo la soja una especie de polinización cerrada o autógama en un porcentaje del 95 al 99%, es dable suponer que la soja no transgénica (la llamada soja orgánica) no existe en nuestro territorio. Esto sólo ya constituiría un grave problema. Pero hay muchos más.

En principio la producción se ha transformado en un monocultivo, hecho peligroso desde el punto de vista ambiental, económico y estratégico respecto de la estructura productiva de la nación. Todo modelo basado en el monocultivo es esencialmente no sustentable y débil desde el punto de vista estructural. Sin embargo la expansión del monocultivo de soja transgénica forrajera, trae aparejada otros serios problemas.

El primero es la degradación de nuestro sistema productivo: hemos dejado de ser un país productor de alimentos para producir forraje, para que otras naciones –las más industrializadas- produzcan carne. Hemos reducido nuestra producción de carne -al reducir su área, el número de cabezas y la calidad de los campos destinados a la misma- para producir ‘pasto-soja’. Destinamos nuestras mejores tierras –del mejor ecosistema del mundo para producir alimentos- para producir forraje, para que otros países produzcan y exporten carne, en lugar de hacerlo nosotros.

En segundo lugar para producir pasto-soja hemos dejado de producir un sinnúmero de alimentos. Ya el objeto de nuestra producción agrícola no es la de producir alimentos para nuestra población y exportar el remanente, sino que todo el sistema agrícola del país está puesto al servicio de producir materias primas en forma de pasto-soja –también petróleo crudo y gas natural- para la exportación a los países industrializados. La Argentina decidió abandonar su Soberanía alimentaria, junto con la pérdida de su soberanía económica y política. Cuando Martínez de Hoz Ministro de economía de Videla expresó: ‘si la nación va a producir acero o galletitas lo va a decidir el mercado’, hacía referencia a este cambio de modelo. La nación industrial tecnológica y científica anterior a 1976-1989 dejó de existir. Con ella también lo hizo la nación que producía alimentos para su gran mercado interno –su pueblo- e insumos para su industria. En un proceso perverso y neocolonial la nación dejó de producir acero, camiones, vagones, tractores, aviones, tanques y barcos. Junto con la entrega de su petróleo, su gas, su energía eléctrica, sus rutas y la destrucción de sus FFCC., dejó de producir alimentos como maíz, trigo, papa, batata, lentejas, arroz, frutales, productos hortícolas, algodón, carne ovina, y alimentos en general, para pasar a destinar toda su economía a producir pasto-soja. Así China, la UE y otros países industrializados crían su ganado y producen carne para abastecer a los emergentes y gigantescos mercados asiáticos donde se asienta el futuro de la humanidad, con el pasto-soja barato que les vendemos.

En tercer lugar, se agrega la alta contaminación ambiental que produce el sistema Siembra directa-sojaRR-glifosato, ya que se basa en el uso masivo de agrotóxicos en forma permanente. En la última campaña se usaron –por lo menos- 150 millones de litros de glifosato, 20 millones de litros de 2-4-D y 6 millones de litros de endosulfán. Los últimos dos, sumados a los coadyudantes y acompañantes del glifosato son altamente cancerígenos. Para ejemplo tenemos los graves casos de barrio Ituzaingó Anexo en Cordoba, los de Loma Sené en Formosa y los centenares de casos de cáncer en Santa Fe.

En cuarto lugar: en términos ecológicos y ambientales, todo el sistema de Siembra directa-sojaRR-glifosato, no es más que un gigantesco experimento en 15 millones de hectáreas de selección de malezas resistentes y contaminaciones genéticas verticales y horizontales irreversibles, apenas imaginadas.

Un quinto aspecto del problema se refiere a que el sistema produce la pérdida masiva de mano de obra: 4 de cada 5 puestos de trabajo real se destruyen por la diferencia de Tiempo Operativo/Hombre/Ha, entre los sistemas Tradicional y SD, mientras se produce sólo 1 puesto de trabajo por cada 500has de SD-sojaRR.

Un sexto aspecto sumado al anterior, es la destrucción de la pequeña producción. No son viables la huerta, el monte frutal, la apicultura, el monte nativo, artificial u otras producciones cercanas a los vuelos u aplicaciones de glifosato que por ser un herbicida total destruye todo tipo de plantaciones por deriva. Tampoco es rentable la sojaRR para superficies menores de 300, 350 y hasta 500 has según la región, por lo cual los pequeños y medianos agricultores deben arrendar sus campos o venderlos.

Un séptimo aspecto se vincula al robo ‘legal’ de la propiedad ancestral y la expulsión de gente del campo. El sistema Siembra directa-sojaRR-glifosato hace posible la producción de pasto-soja en regiones y lugares donde antes la agricultura no era posible; de allí que comunidades ancestrales o de escasos recursos, que vivían en áreas marginales ocupando sus tierras y viviendo de la producción familiar o de los frutos del monte, sean expulsados por la conspiración mafiosa de gobiernos provinciales y comunales, estudios jurídicos gansgsteriles y fondos de inversión al servicio del capital financiero internacional. Se apoderan así de enormes extensiones de tierras, que algunos estiman ya cercanas a los 35 millones de hectáreas en manos extranjeras. Este hecho claramente ilegítimo, pues arrasa con derechos escritos en la Constitución Nacional pero no reglamentados, está introduciendo la violencia en el campo. Este conjunto de factores trae aparejadas la miseria, la expulsión y la destrucción de la producción familiar, junto con la riqueza de un sector minúsculo de población –toda la población rural del país no llega hoy al 10% del total nacional- expresadas en camionetas 4x4, maquinaria importada de alto costo, la construcción de mansiones, gastos suntuarios de todo tipo y negocios de escasa legalidad en la mayoría de las comunidades vinculadas al ‘negocio’ de la soja. Esto se une a la brutal concentración de la tierra: 6900 familias-empresas son dueñas hoy del 49.7% de toda la tierra del país. Esta riqueza de pocos unida a la proliferación del hambre y la desocupación de la población laboriosa se expresa en los miles de Planes jefes y jefas de hogar, cobrados en pequeñas comunidades rurales donde nunca existió el desempleo. Es bueno recordar que la mitad de la población del país está aun bajo la línea de pobreza y un cuarto de la misma es indigente.

Un último tema se refiere a la dependencia del productor respecto de las multinacionales como Monsanto, propietarias de los derechos de patentes sobre las simientes y que subsumen al productor en un deudor permanente. En síntesis esta verdadera catástrofe ambiental, social y económica se ha llevado adelante para producir pasto-soja, así los países industriales pueden producir carne a bajo costo subsidiada por el hambre, el desempleo, la enfermedad y la devastación ambiental de la Argentina y los argentinos.

*Ingeniero Agrónomo genetista